Cada acción tiene vida propia

Cada acción tiene vida propia
JUANJO BRIZUELA

Los grandes músicos de la historia no son reconocidos exclusivamente por su talento creativo de plasmar esa idea que ronda en su cabeza en forma de notas en una partitura, sino también por su habilidad y pasión en interpretarla. Una misma partitura puesta en manos de diferentes directores de orquesta suena distinto: no vale solo con leer lo que expresamente aparece sino sentir cada nota del pentagrama como si tuviera vida propia y la fuerza y pasión necesarias para emocionar a quien escucha en su reconfortante asiento del patio de butacas.

Un partido de baloncesto se convierte en esa partitura sobre la que hay maneras de interpretarlo para conseguir emocionar a quien la practica en la cancha y sobre todo a quien acude al espectáculo deportivo a ver a su equipo ganar, pero sobre todo jugar bien y que transmita. Transmitir es como entregar a otra persona un bien preciado prácticamente en su estado original para que sea degustado en su máxima expresión. Hay entrenadores que interpretan cada partido como una carrera de fondo, regulando cada situación y llevando el partido hacia los instantes finales con las máximas opciones. Otros prefieren diseccionar al rival para atacarte por su flanco más débil. Hay quien evoluciona su planteamiento como los líquidos que se adaptan a diferentes envases buscando la eficacia de cada situación. Y hay quien sabe que cada posesión del partido, y hay en torno a un centenar de ellas en 40 minutos de juego, se debe jugar al máximo sin importarle lo que el marcador indique en ese instante. Cada posesión es una vida en sí misma. Y así durante 40 minutos de partido. Uno de estos entrenadores es Sarunas Jasikevicius.

Se debería realizar un serial sobre aquellos jugadores de baloncesto que jugando como bases, se convirtieron posteriormente en entrenadores, y analizar el rendimiento de sus equipos. Acostumbrados a liderar desde ese momento en que su entrenador les entregara el bastón de mando con el ‘manda y dirige’ grabado en fuego, Jasikevicius pertenece a esa estirpe que han liderado el basket europeo desde su conocimiento del juego, su pasión en cada instante, sus tomas de decisiones en las que el balón llegaba donde y a quien debía llegar, hasta esos momentos en los que desde su propia fe se decía a sí mismo eso de ‘ésta me la juego yo’, o aquellas en las que señalaba sin pudor con el dedo a un compañero para exigirle el máximo sin importar el resultado de su acción, buena o mala. Jasikevicius lideró en Barcelona, lideró en Maccabi y lideró en Panathinaikos, con 4 títulos de Euroliga en total.

Con semejante palmarés no debería extrañarnos que su nueva vida como entrenador esté imbuida de este carácter del base que todo lo que ve, que todo lo manda y que exige que en cada acción se dé el máximo, sin importar el lado del campo ni el resultado. Al máximo. Un equipo que al inicio de temporada lo hubiéramos colocado en un cómodo segundo escalón pero dada su competitividad está justo tras esos equipos que están en la parte alta de esta durísima Euroliga. Y tampoco es casualidad que sean sus dos bases, Pangos y Udrih, quienes lideren un equipo equilibrado en talento y físico, con inteligencia en su juego en ataque y un espíritu constante y bravío.

Al Jasikevicius entrenador, como a los grandes músicos y directores de orquesta, le gustan que sus jugadores tengan siempre ese carácter que le hizo convertirse en un jugador ganador de máxima élite. No importa la pizarra, no importa tanto el ‘scouting’, pero a lo que jamás renunciará ni un ápice es a una ejecución perfecta, armoniosa y que transmita la máxima energía en cada acción que requiera. Y esa suma de esfuerzos, concentración y pasión hace que la partitura final nos muestre un Zalgiris situado en una posición destacada en esta competición. Un rival, el Zalgiris, de 40 minutos porque su entrenador desea que cada acción cobre vida propia, como cada aspecto importante de nuestras vidas.

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