Los dos se conocen demasiado

Ambos contendientes han llegado a la final como lo hacen los grandes, con la filosofía de sus entrenadores

Los dos se conocen demasiado
Igor Aizpuru
Pepe Laso
PEPE LASO

Con motivo del paso a la final de la ACB comenté que no sería una sorpresa ver al Baskonia campeón de liga, y que su potencial era muy poco inferior al del Real Madrid. Así está sucediendo. Tras la gran victoria del primer día alguien pudo pensar que la eliminatoria se ponía de cara. Grave equivocación. Si algo tiene el Real Madrid de hoy es un conocimiento inusual de cómo actuar en los momentos decisivos de la temporada. Llegamos al partido definitivo para los blancos o a una nueva oportunidad en Madrid para el Baskonia.

Se conocen demasiado. Son dos equipos fajadores de pocas especulaciones. Sus entrenadores dejan hacer en la pista. Algunos jugadores pierden los nervios como Shengelia, que está jugando más revolucionado de lo que generalmente lo hace, comete faltas inútiles que al final paga. Ocurre que como es un alma libre que hace y juega de todo, se tropieza demasiadas veces con situaciones comprometidas.

Pero no es solo él. Entre los blancos es difícil recordar un partido con tantas malas decisiones como las que tomó el domingo Llull. La misma circunstancia vivió Huertas que en cuanto apreció que le permitían tirar, lo hizo sin encomendarse a la más mínima pausa. ¡Cuánta ansiedad! La enajenación se ha apoderado de la final. Sólo Doncic -curiosamente el menos defensivo de la final- emerge con criterio y jugando de poste bajo consigue tirar más de la mitad de los tiros libres de su equipo. Por cierto, posición a la que han renunciado los entrenadores, posiblemente por carecer de jugadores determinantes en el juego interior o porque la intensidad de los jugadores deja sin espacio la posición. Si Shengelia es un jugador atípico y de posiciones poco predecibles, qué decir de los dos morenos madridistas Thompkins y Taylor, defendiendo a los exteriores baskonistas y anotando triples, ellos son los que más dolores de cabeza traen a los de casa. Y en este batiburrillo, cuando parece que definitivamente uno de los contendientes tiene contra las cuerdas al otro, aparecen. Beaubois con 17 puntos y Carroll con 15, más decisivo éste por hacerlo en quince minutos y más meritorio el vitoriano, teniendo que soportar al portero de la discoteca, el gigante Tavares, que decide con su presencia el precio que hay que pagar para meter un tiro bajo aro. Hasta seis veces privó a los de casa de anotaciones fáciles, sin contar el miedo que produce su presencia.

Todo es pasado. Hoy vuelven a la pista dos equipos de características parecidas. Dos entrenadores que consideran que sus estrellas sólo lo son si están al cien por cien. Si no, cómo puede entenderse que ni Granger ni Randolph dispongan de minutos. Los dos conocen dónde pueden hacer daño al contrario, aunque no siempre consiguen sus propósitos. Sus jugadores, estresados, a veces no obedecen, si lo hubieran hecho en el partido del domingo, no habrían tirado el mismo número de tiros de tres que de dos, muchos de ellos enloquecidos. Ni tampoco Llull hubiera realizado uno de diez.

Dudo mucho de que en el partido de hoy cambien las cosas. Los dos han llegado a la final como lo hacen los grandes equipos, con la filosofía de sus entrenadores. Si todo acaba hoy habremos visto una gran final con un desenlace no deseado; si se alarga una jornada más, será una final inolvidable.

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