Las emociones del baloncesto

Un partido de baloncesto en el Buesa Arena, antes de ser ampliado./EL CORREO
Un partido de baloncesto en el Buesa Arena, antes de ser ampliado. / EL CORREO
JUANJO BRIZUELA

Descubrí el picor de los jerseys cuando mi padre Satur me llevó al Frontón Vitoriano a ver un partido de baloncesto. Era tal el picor que no recuerdo bien los equipos que estaban disputando el encuentro, pero aquella fue mi primera experiencia memorable con la canasta como argumento principal. Unos años después a este primer capítulo de mi memoria se le fueron sumando los zapatos de los domingos en la cancha de Landázuri viendo al entonces Echevarria Hermanos y las bolsas de deporte con la ropa de basket de mis dos hermanos en el suelo de la cocina, antes de lavar la ropa del entrenamiento.

Los balones de cuero de baloncesto eran objeto de deseo de pequeños jovenzuelos como yo, que por aquel entonces comenzábamos a balbucear las palabras clave de este deporte. Cualquier momento se convertía en la excusa perfecta para acudir a ver un partido; daba igual si era en Landázuri, en Divino Maestro, en Marianistas, Escolapios, Corazonistas o San Viator. O en los recién inaugurados Arriaga y Lakua. O en cualquier patio de colegio, que también aquí en Vitoria-Gasteiz tienen grabadas en su piel de asfalto preciosas historias de baloncesto.

A veces es mucho más fácil reconocer la identidad de una ciudad cuando no estás en ella. Nos ha pasado a todos. Estás fuera y descubres que la gente asocia con notable facilidad las palabras 'baloncesto' y 'Vitoria-Gasteiz'. Quienes hemos acudido a campeonatos y torneos por toda España hemos oído el «aquí vienen los de Vitoria»; pero también en otros muchos ámbitos. Con tener cierto conocimiento del deporte, es habitual que cualquiera reconozca la intensa relación entre el baloncesto y nuestra ciudad.

Hay hechos, lugares y personas que se convierten en recuerdos míticos del pasado de este deporte en Vitoria-Gasteiz. Del pasado se construye el futuro, que se consolida a su vez con cada paso que se da en el presente. Y si algo ha logrado el baloncesto aquí es colocarse y asentarse en un peldaño de élite desde hace años, no sólo en el basket masculino sino también en el femenino.

Como en todo proyecto que se precie, los dirigentes y su visión de futuro tienen una capital importancia. Pero en la medida en que los proyectos son compartidos, el vínculo del baloncesto con la ciudad y con sus gentes se hace cada vez más fuerte. El silencio de un campo se rompe con el sonido intermitente del bote y con el cri-crí de las suelas de las zapatillas. Pero no hay melodía más pegadiza que la del apoyo en las gradas, de quienes acuden, aplauden y se emocionan. Ahí Vitoria-Gasteiz y sus gentes sí que ocupan la élite de las aficiones. Desde siempre.

Ser la sede que acoja en 2019 la Final Four es un reconocimiento a tanto esfuerzo y a tanta pasión de tanta gente por este deporte. Deberíamos tomarlo como un premio a todo ello, sin duda, pero sobre todo sería aún más extraordinario asumirlo como un nuevo capítulo de lo que este deporte supone en la ciudad y en cómo tanto los sueños como los recuerdos construyen realidades. Pienso ahora que aquel picor no lo era tanto por el inolvidable jersey como por la emoción de entrar en una cancha de baloncesto. Un picor que volverá, con toda seguridad, en mayo del año que viene.

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