¿DE GASTEIZ AL CIELO?

Matt Janning protege el balón de los largos brazos de Ayón./Óscar del Pozo
Matt Janning protege el balón de los largos brazos de Ayón. / Óscar del Pozo
Mikel Cuadra
MIKEL CUADRA

MIÉRCOLES 13. Nos presentamos en Madrid con la dimisión de Huerta y el brillante planteamiento de Pedro (no el presidente) de olvidar con intención a Huertas. Vildoza le daba la razón justo hasta el momento en el que le comenzaron a silbar y no precisamente desde la grada. Jugábamos un baloncesto de altura a pesar de los problemas que nos generaba su hombre más alto y la entrada de 'Marce' era como agua de Mayo en pleno Junio. El Madrid fallaba lo que no estaba escrito, Doncic tenía el punto de mira en el 'draft' y sus cabreos, mientras en el Baskonia Timma tiraba como los ángeles, y desquiciaba a Eslovenia entera. Nuestros interiores, sin su endemoniado Tavares, dejaban de tener miedo al infierno de la zona caliente; Poirier reventaba su aro y el libre nos quería, lástima de Carroll y esas innecesarias pérdidas de las que luego te acuerdas. Fuimos al relax tras haber jugado una primera parte dominada por nuestros bases, sin escoltas y con Vincent aparecido, en ausencia de Walter, pero con un empate de mosca detrás de la oreja. Martínez comenzó la segunda con Voigtmann para hacer que su gigante se empequeñeciera alejado del aro por culpa de la manita del alemán; así Shengelia podía aprovechar sus 1x1 y levantar cabeza sin miedo a las boinas. Volvió Luka en la segunda ronda demostrando que es de primera para ir poniendo las cosas en su sitio entre pitos silenciosos y menos puntería. La aparición del divino Beaubois, junto a la muñeca de Janning, nos devolvió la vida, es lo que tiene meter aunque algunos no lo quieran reconocer ni muertos. Cierto es que las defensas sabían lo que era el listón, esa palabra que cuando quiere sabe de empujones y agarrones y en otras ocasiones pierde el conocimiento. Pasaban los minutos y el Madrid no lograba alejarse lo que era una excelente noticia; los nuestros encontraban la luz en peregrinación al 4'60 tras falta y así sumábamos con brillo la primera. A Vildoza, Toko, Voigtmann y Rodrigue no les temblaron las manos en ese momento en el que otros salen por piernas. Dimos en el blanco a las primeras de cambio, cuando la mayoría lo veía negro, en un día 13 sin martes.

VIERNES 15. El segundo empezaba como si no hubiese un tercero y ni casi un mañana. El aro era lo más parecido a una piscina donde gozaban grandes y pequeños, y lo mejor, que el Baskonia jugaba sin ser vasallo del rey de Europa. Janning hacía de su muñeca una fiesta, a Poirier no le importaban los centímetros del otro, Huertas sembrado y Pedro escribía con pluma de oro el guión perfecto. Dominábamos en todas las posiciones y eso a cualquiera le pone; primer cuarto de ensueño que nos hacía seguir soñando. Pablo cambiando el dibujo de su equipo, acordándose de la clase de Thompkins y de Tamara (la buena también) la de 'si nos dejan', emborronó algo nuestro baloncesto. Pero el dulce Vildoza agriaba su remontada, con más cara que espalda, en compañía del infalible Matt; la primera parte del segundo episodio fue un canto al baloncesto, una fiesta entre aros en día de labor que volvió a terminar en empate pero con el balón grande ganando por goleada.

Arrancaba la segunda parte con el Madrid desatado tirando de Trey y asustando con Walter. Campazzo sabía que era mejor defender que protestar, los blancos comenzaron a correr, Luka posteaba y bailaba a sus pares, sin fruncir el ceño, y el Baskonia no encontraba referentes, rebotes ni aro. Por primera vez en la serie los de Laso enseñaban sus credenciales como queriendo decir que ya habían empezado la final. Con las ventajas en aumento, un rebote dolorido, las pérdidas por castigo, y el partido en blanco, Pedro sentó a su lado a los principales sabiendo que después de un viernes de dolores venía un domingo de resurrección. Muchos minutos con los que no se van a jugar la tostada porque ya teníamos un magnífico trozo del pastel.

Una vez contada la primera parte de la película, rodada en Madrid, nos toca esperar a que las escenas en el Buesa tengan a Voigtmann con su tobillo, aros amigos, silbatos que no defiendan, áreas del triángulo (base x altura) y un final sin pesadillas en las que aparecen unos individuos golpeando aros de hierro, Herreros.

¿De Gasteiz al cielo? Es lo que soñamos, cegar al blanco y ver a la Blanca.

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