Un baloncesto poco homogéneo

Campazzo y Vildoza, en la Supercopa./E. C.
Campazzo y Vildoza, en la Supercopa. / E. C.
Pepe Laso
PEPE LASO

La Supercopa jugada días atrás puso en marcha la temporada baloncestística. Como en todas las actividades de la vida, los buenos deseos presiden los sueños de los 18 participantes que reúne la ACB. En estos momentos, la esperanza de todos triunfa sobre la experiencia; los buenos deseos se apoderan de la mente de los dirigentes, y solo los que han pensado con claridad suelen triunfar.

El baloncesto español es todo menos homogéneo. Pensemos en el planteamiento de los clubes. Tres equipos, Madrid, Baskonia y Barcelona, llegarán al final del año habiendo jugado un mínimo de 80 partidos, de los cuales más de la mitad serán frente a los contrarios más exigentes del concierto europeo. Después, un grupo de equipos que juegan las segundas ligas europeas terminarán habiendo disputado alrededor de 50 encuentros. Por último, más de media docena de clubes liquidarán el año con los 34 partidos que configuran la temporada regular de la liga ACB.

La distancia de los tres equipos europeos es tan grande con relación al resto de los clubes que solo la profundidad de sus plantillas, el compromiso de los entrenadores y el respeto de los presidentes a la competición doméstica evita el bochorno que se podría dar si, en algún momento de la temporada, reservaran a tres o cuatro jugadores, como sin duda ocurriría en otro deporte.

Los clubes del segundo grupo son los que mejor lo tienen -si exceptuamos a Valencia y Málaga, que tras una mala temporada se han visto apeados de la Euroliga,- y jugarán alrededor de 50 partidos, con jornadas entre semana ideales para su público y frente a contrarios casi siempre inferiores, aceptable proporción. Los dos equipos canarios son el mejor ejemplo de esta forma de transitar por el baloncesto. Veremos qué ocurre con Gran Canaria que por méritos propios se ha metido en la Euroliga, competición fuera de la escala en la que los isleños se movían con gran solvencia.

Por último queda el grupo de los heroicos, la mayor parte carentes de una estructura propia de la alta competición, incluso con instalaciones poco representativas. El gran valor de algunos de estos clubes es su gestión endiablada por crecer y subir al escalón superior. Obradoiro y Andorra son dos buenos ejemplos de equipos 'trepadores', como nuestros dos vecinos representan la lucha por la subsistencia.

Aquí conviene comentar sobre lo que piensan los jugadores y sus agentes sobre en qué equipo se debe intentar jugar. Primero, lógicamente, en la categoría superior. Primer problema para los inferiores: no pueden cerrar sus plantillas mientras en los superiores tengan plazas libres. Después, los del primer grupo alargan su cuadro a 16 jugadores, conclusión, menos disponibles para el resto. Qué decir de los famosos cupos. Se pusieron para proteger al jugador español y ha servido para que deportistas con pasaporte de conveniencia ocupen las plazas que parecían reservadas a españoles, que, por lo que se ve, no dan la talla suficiente.

Hay otro factor que hace huir a los jugadores de los equipos del tercer grupo, les espantan semanas enteras de entrenamiento. Me explico. Imagínense que los actores de teatro solo hicieran una función a la semana y tuvieran que ensayar durante el resto de los días. ¿Qué cosas nuevas puede decir el entrenador, cómo llenar el día, cómo liberarse de la frustración de haber jugado mal? En definitiva, el aburrimiento.

Mis comentarios están basados en la experiencia, pero como decía, quiero iniciar el año con la esperanza de ver al Baskonia en la Final Four; de ver aparecer por algún lado a un jugador que pueda hacer olvidar a Navarro; a que las instituciones solucionen unas competiciones caóticas; a ver desaparecer las famosas ventanas que interrumpen la competición cuando mejor está el asunto; a que la NBA no ocupe en los medios el tiempo que merece nuestro deporte. Y que allá por Navidad nos toque la lotería.

 

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