Tadas Sedekerskis y Daulton Hommes, en plena celebración tras el triunfo ante el Real Madrid. / Baskonia

Muchachos inconscientes

El Baskonia ha convertido en un hábito jugar con la dinamita de un baloncesto ofensivo que parece incontrolable, nacido de un grupo de baloncestistas que son puro descaro

Carlos Pérez de Arrilucea
CARLOS PÉREZ DE ARRILUCEA

Vayan guardando imágenes, jugadas y triples imposibles de este Baskonia. La naturaleza efímera del deporte profesional no entiende de dinastías eternas. Disfruten lo que puedan porque llegará la hora de la reconstrucción cuando los grandes de Europa y alguna franquicia NBA se percaten, en realidad ya lo han hecho, de lo que ha logrado forjar el club azulgrana esta temporada. La cuenta atrás está activada, así que gocen mientras este grupo de muchachos descarados sigan juntos. De aquí a junio, hay un largo camino. Sueñen con un título, una final o un pasaje a Kaunas, porque hay materia y razones para hacerlo.

Ese rictus desenfadado que transmitía el Baskonia en los primeros compases del curso hace unas semanas que comienza a mostrar matices de madurez. Los dientes afilados ya asoman. No parece que este equipo aspire al papel de simple animador del cotarro durante la temporada regular antes de que la sirena de los play off haga que los clásicos dominantes lo eclipsen todo. La escuadra azulgrana transmite el atractivo del pionero conquistador que pisa sin titubeos un territorio que, por presupuesto y longitud de plantilla, pertenece a otros. El Baskonia resurge tras una pasada campaña de declive preocupante espoleado por un plantel que, en materia de sueldos, puede que se encuentre entre los más baratos de la historia reciente de la entidad.

Así que revisen algunos pasajes de las victorias logradas ante colosos como el Maccabi, Virtus Bolonia, Anadolu Efes o Fenerbahce. Si no tienen el mejor día, pueden ser un buen antídoto contra la tristeza. Si se les ha olvidado por qué son del Baskonia, rememoren el reciente triunfo ante el Real Madrid, las caras conocidas que volvieron al Buesa para convertirlo en una trampa para gigantes.

Degusten este Baskonia que puede ganar a cañonazos triplistas, con el vértigo de un estilo rompedor en la transición o con litros de sudor y sufrimiento si se cierra el camino hacia el aro rival. Su juego da para análisis sobre el rango de tiro de Markus Howard, la convicción a la hora de ejecutar posesiones casi instantáneas que terminan recién iniciado el reloj de 24 segundos, el entramado defensivo que se sostiene bajo una idea común o la mejora reboteadora de una batería interior a la que no le sobran ni centímetros ni músculo, pero que mitiga sus limitaciones a base de anticipación, codos y concentración máxima.

Casi todo está en la pizarra de Joan Peñarroya y sus ayudantes, pero resta la paleta emocional que ayuda a perfilar el retrato de este Baskonia. Entonces, habrá que apartar las estadísticas y mirar a los rituales de este equipo; sus abrazos en el triunfo, el aliento de ánimo cuando nada funciona, la complicidad de las miradas y ese aura de camaradería mosquetera que impregna al plantel azulgrana. Y, por encima de todo, ese perfil de caraduras que gastan estos los jugadores baskonistas, tipos inconscientes, gente canchera que no se arruga; retadora e irreverente. Un incordio para cualquier oponente.

Cada uno es de su padre y de su madre, pero todos son reflejo de un entrenador sin aires de capataz apegado a la bronca constante. Peñarroya puede gritar y reprender, pero el castigo no está en su libro. El mismo preparador que ganó unas cuantas cenas tras mantenerse en el puesto una vez superado noviembre ha firmado un diciembre colosal y pleno de victorias. Y hay serias sospechas de que lo mejor está por llegar.