IGOR MARTÍN

Baskonia

El retorno del hijo pródigo

La vuelta de Granger después del infortunio de las lesiones sujeta con fuerza el andamio de un Baskonia inestable tras el relevo de los bases

Ángel Resa
ÁNGEL RESA

Cuenta la parábola del hijo pródigo que el chico regresó a la casa materna después de reconocer su extravío. En el caso de Jayson Granger las santas (no por quien esto firma, desde luego) escrituras dicen media verdad. Es cierto que el base uruguayo que en edad juvenil reclutó el Estudiantes ha vuelto un año después al hogar grandilocuente de Zurbano. Como resulta inverosímil que el protagonista de esta historia haya de pedir clemencia por presuntas faltas durante su etapa anterior en el Buesa Arena.

Tres años marcados con el hierro candente de lesiones tan graves que no admiten una evolución cabal del jugador. Nada más recuperarse de una le sucedió otra de enorme longitud temporal en el primer minuto de la siguiente campaña. Decir que al base uruguayo le había mirado un tuerto suena a eufemismo o a rebaja del vino mediante el agua. Mas bien había detenido la vista en él alguien con ambos ojos a la virulé.

El retorno del montevideano tras una campaña en Berlín a las órdenes del ahora 'sabático' Aíto García Reneses supone, hasta la fecha, una de las mejores noticias que atañen a este Baskonia de cales y arenas. El conjunto que venía asomándose al abismo tras cinco derrotas consecutivas -una novedad a contraestilo en Betoño, cuatro de ellas con el desagradable olor recio de la humillación- detuvo su abrupta caída tras quince minutos ante el Unicaja que proseguían el 'resta y sigue' de la cuesta abajo en la rodada. Pero entonces (18-33 y sensaciones desalentadoras), el ejército de Dusko Ivanovic evocó la ley marcial -en términos deportivos, se entiende- que le diferencia de tantos otros bloques. Hasta recuperar sus señas de identidad, que hunden sus raíces en la fe, la determinación, la defensa feroz, el dinamismo, el ánimo efervescente, la chaqueta metálica, las transiciones supersónicas y el colmillo afilado.

Y en ello tuvieron todo que ver, al margen de otras cuatro cooperaciones necesarias (Marinkovic, Giedraitis, Fontecchio y Costello), los compromisos y el buen hacer de un Sedekerskis inmenso y un Granger imperial. Desde luego, no parecía tarea fácil relevar en el puesto de base a tipos como el abstracto e intuitivo Henry más la moderna versión del estilete Vildoza y conseguir éxitos en el propósito.

A estas alturas de la temporada, diecisiete encuentros oficiales ya entre ambas competiciones, quedan la desilusión de Baldwin, desplazado al territorio propio del escolta sin éxito hasta la fecha, y el sólido valor bursátil de Jayson. Pese a los altibajos del uruguayo con pasaporte de Italia, el hombre encarna las virtudes que se exigen a los 'unos' de hoy en día. Capacidad física para contener a sus homólogos europeos, buena cabeza que contribuya a ordenar un ataque gripado por falta de movimientos sin la pelota o automatismos y contribuciones personales a la anotación colectiva desde un mero bloqueo directo en la cabecera. Siete triples de once intentos que ayudaron a desarmar las ilusiones costasoleñas el domingo.

El respeto de Dusko

En este arranque azulgrana tan inestable, tipos como el 'uno-dos' criado en Uruguay y crecido en etapas sucesivas por Madrid (Estudiantes), Málaga, Estambul, Vitoria y Berlín antes de retornar a la capital alavesa mantienen la zarandeada nave sobre las corrientes marinas. Flota en la atmósfera la impresión del respeto que le profesa Dusko Ivanovic -el mariscal que a nadie regala nada-, la autoridad moral en el seno del vestuario y su jerarquía dentro de la cancha en camiseta de tirantes y pantalón hasta la rodilla. Sin duda, uno de los elementos más fiables del plantel alavés y un tipo comprometido con la causa que no ha logrado disimular sus preocupaciones en los peores y encadenados momentos del presente ejercicio baloncestístico.

Extrayendo las medias del timonel sudamericano en la ACB y el frente continental quedan números notables que, sin embargo, le rinden menos justicia que las sensaciones generadas. En torno a los 25 minutos por partido con 10 puntos, 5 asistencias y porcentajes próximos a la mitad de aciertos sobre los tiros de campo. Pero, sobre todo, la certeza de que Granger contribuye a sujetar el andamiaje colectivo.